miércoles, 28 de octubre de 2026

El defensor de las buenas conciencias

por Omar Gómez
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Rafael Bustillos se hallaba en su oficina, situada en la planta alta de la biblioteca «El Correo», esperando a que diera inicio el «Festival de las Letras y Liturgia», organizado por la Secretaría de Cultura de la Nueva Vizcaya y la Iglesia Católica de Juárez. Minutos antes de encerrarse, le había indicado a su asistente que le avisara del arribo del padre Ramón Solano con toda la comitiva de la Catedral. Mientras esperaba, dejó pasar el tiempo navegando por sus redes sociales.

Llevaba en aquella tarea mecánica más de quince minutos cuando, de repente, la soledad pasajera le trajo un cosquilleo febril en su entrepierna. Presionando su sien con sus dedos anular y medio, intentó resistirse y disipar los fantasmas que lo acechaban en la solitud. Fue inútil, pues, conforme pasaron los segundos, los recuerdos y el hormigueo se hacían más intensos. Rendido en tan sólo dos minutos, checó su reloj y se percató de que le quedaban al menos ocho más de posible fruición. Decidido, se cercioró de haber corrido el pestillo de la puerta y de que por las ventanas no podían auxiliarse los fisgones.

Nada más al ingresar a su perfil secreto, Bustillos se topó con cuatro fotografías de una sesión de fotos de una joven mujer, de senos grandes y turgentes, vestida con un babydoll negro con transparencia a la altura del pecho, seguidas de un texto en el que anunciaba sus servicios de compañía. Las fotografías estremecieron a tal grado a Rafael que éste, por un acto reflejo, colocó primero su palma derecha en su rodilla, para luego irla bajando hasta llegar a frotar su miembro. Su solaz duró casi seis minutos entre un desfile de fotos y videos, hasta que el sonido de unos golpeteos en su puerta lo devolvió a la realidad.

—Licenciado. El padre Solano ya llegó. Lo están esperando en el salón —se escuchó una voz casi en susurro al otro lado de la puerta.

—Gracias, Jazmín. Ahí bajo —repuso Bustillos en voz queda, entre tanto cerraba con torpeza las ventanas abiertas en su computadora.

Cuando Bustillos se irguió para salir de su oficina, notó que su entrepierna denotaba una ligera erección, cosa que lo puso por de más contento porque, a la edad de cincuenta y seis años, era algo que no ocurría con tanta facilidad. Para ocultar su lascivia, caminó de forma exagerada por toda su oficina, moviendo papeles y adornos sin importarle el ruido. Cuando la excitación amainó, entonces decidió salir.

—¿Todo bien, licenciado? —preguntó con inocencia Jazmín.

—Todo bien. Ya no hagamos esperar a la visita. Vamos —dijo Bustillos sonriendo.

De camino al salón, Rafael anduvo a paso lento, cediéndole la vanguardia a su asistente como de costumbre, quien, al adelantarse, expuso ante los ojos disolutos de su jefe unas nalgas cuya redondez resaltaba ese día bajo un pantalón de vestir negro muy ceñido. La imagen le llegó como un flechazo a Bustillos, quien, por más que respiró hondo, no pudo evitar sentir cómo un líquido hirviendo recorría su perineo. Temiendo que la erección retornara, de golpe detuvo su paso y, cuando Jazmín giró para ver por qué ya no la seguía, simplemente su jefe le expuso que se le había olvidado algo en su oficina, para luego salir disparado hacia allá. Ya seguro, Rafael Bustillos se dirigió hacia el sanitario para mojar su cara con agua helada para apagar el caldeo. «Contrólate, Rafael», se dijo al espejo en tanto se echaba agua y respiraba hondo. Cuando se sintió listo, abandonó el baño y tomó un folder azul que vio sobre su escritorio, para luego dirigirse al salón de «El Correo», donde ya lo esperaban.

Durante el evento, Bustillos, además de pronunciar el discurso de inauguración y actuar como representante de la gobernadora de la Nueva Vizcaya, también fungió como moderador en la presentación de una novela católica ganadora del concurso literario de la arquidiócesis de Juárez. El acto fue presenciado con orgullo tanto por su esposa, con quien llevaba treinta y seis años, así como por sus hijos, nietos y miembros connotados del Partido Nacional en Acción. Pero ya en las postrimerías del evento, una ola de indignación perturbó el ambiente. Al principio, los cuchicheos sólo atrajeron las miradas hacia la calle de los presentes sentados al fondo. No obstante, fue tanto el bullicio que, mientras las presentaciones continuaban, Bustillos le indicó a su asistente que fuera a revisar. Pasados unos minutos, Jazmín regresó al salón y, con sus manos, llamó a su jefe quien, de la manera más discreta, abandonó el evento.

Al salir, Jazmín explicó que se había hecho un alboroto porque en los cajones del estacionamiento de la biblioteca, se había estacionado una camioneta publicitaria de cuyos pendones se proyectaba la publicidad de un table dance famoso en la ciudad, que anunciaba promociones en el consumo de cerveza.

—¿Un table dance? —interrogó Rafael Bustillos, arqueando las cejas.

—Sí, licenciado. Un table dance. La arquidiócesis lo vio como una afrenta y provocación en su evento y le pidieron de favor al conductor que retirara la unidad, pero éste dijo que no, porque era estacionamiento público. Yo también ya le dije, pero está insoportable el tipo.

—¿Quién es? —preguntó airado Bustillos.

—El caballero de azul que está por allá —señaló Jazmín a un joven enjuto y desgarbado, que miraba su celular a media cuadra de la entrada de «El Correo».

Sin mediar más palabra, Bustillos se dirigió hacia el conductor.

—Disculpe, joven —expresó Bustillos, carraspeando—. ¿Es de usted la camioneta estacionada enfrente de «El Correo»?

—¿Cuál de todas? —contestó el joven abúlico.

—La que trae la publicidad del table dance.

—Sí. Sí le eché monedas al parquímetro. Estoy esperando a alguien.

—Con la pena, joven, pero le voy a pedir un grandísimo favor. Por favor, mueva su camioneta a otro lugar porque sabe que su publicidad le está dando una mala imagen a la biblioteca y ahorita tenemos un evento con la arquidiócesis de Juárez. Yo soy el encargado de la biblioteca «El Correo», licenciado Rafael Bustillos, para servirle.

—Mucho gusto, Armando. Estoy esperando a alguien y yo me estacioné en un lugar público. Ya ahorita me retiro. No tarda en llegar.

—No, joven. No me está entendiendo. Se tiene que retirar ya porque está dando una mala imagen al lugar y aquí tenemos periodistas. Retírela o, al menos, guarde los pendones de esa publicidad porque va en contra de la moral.

—No se puede.

—¿No se puede qué? —preguntó seco Bustillos.

—Quitar los pendones. Se necesitan unas llaves especiales para removerlos y no las traigo.

—Joven, le repito, entonces hágame el inmenso favor de mover la camioneta. Si no se puede quitar esa publicidad, entonces ayúdeme a moverla. No quiero hablarle a la grúa. Una biblioteca es un lugar de esparcimiento para todas las personas y las mujeres en poca ropa no son aptas para menores.

—Ah, caray. ¿Y la grúa por qué? Ahí es un estacionamiento público y yo pagué el parquímetro. Si quiere, háblele a tránsito porque yo no me voy a mover. El lugar es público y la publicidad no es obscena. No hay desnudos. ¿Usted cree que, si la publicidad fuera obscena, no me habrían parado ya para multarme o algo?

Al notar la ausencia prolongada de Bustillos por parte de los asistentes del evento, así como por la curiosidad de saber qué era todo aquello que había perturbado el ambiente, algunos salieron del recinto y presenciaron la discusión con el chófer. Rafael, al saberse observado y consciente de que por la vía diplomática no obtendría nada, con una sonrisa perenne se dirigió hacia la camioneta para intentar remover los pendones de publicidad con una navaja sacada de su llavero. Armando, mientras tanto, permaneció impávido a la distancia, viendo las infructuosas acciones de Bustillos. Al intentar maniobrar los pendones, no faltaron los aliados espontáneos que intentaran ayudar a Rafael. No obstante, las lonas no cedieron y, entre más tiempo transcurría, más gente salía a ver el motivo de la ausencia de otros asistentes. Esto provocó que algunos periodistas salieran y, por mero instinto de hallar una mejor nota que la de un evento literario, comenzaran a fotografiar la camioneta. Al darse cuenta de la enormidad de curiosos, Rafael optó por caminar hacia Armando e insistir en su colaboración.

—Dijiste que ya mero llegaba la persona que esperabas para retirarte. Puras mentiras. ¿Ya viste que ya salieron a tomarle fotos a tu publicidad? Me estás arruinando el evento.

—¿Y luego? Pues no ha llegado. Tengo que esperarlo y para eso pagué el parquímetro —contestó secamente Armando.

—¿Y luego? —repitió Bustillos, desconcertado.

Luego vino el silencio que terminó por sepultar la paciencia de Rafael, quien, de nueva cuenta, caminó hacia la camioneta y, sacando la navaja de su llavero, comenzó a hacer jirones los pendones de publicidad. El suceso, que duró menos de dos minutos, se convirtió en un escándalo nacional, no sólo porque los periodistas que fueron a cubrir el evento literario aprovecharon para sacar una nota más interesante, sino porque una patrulla de la policía, solicitada por los jefes de Armando, llegó al lugar y detuvo a Bustillos quitándole todas sus pertenencias, incluyendo su celular.

La noticia corrió esa misma noche: «Detienen al defensor de la moral por destruir publicidad de table dance».

Al día siguiente, las fotografías de Rafael rasgando los pendones aparecieron en todos los periódicos y circularon por las redes sociales. Su partido anunció que revisaría su permanencia en el cargo y la arquidiócesis guardó un prudente silencio.

Bustillos, en cambio, no dijo una palabra.

Aquella tarde, mientras esperaba su audiencia con el juez cívico, pidió prestado el teléfono de otro detenido y entró a medir el impacto en sus redes sociales.

La primera publicación que apareció en la pantalla era la fotografía de la misma joven del babydoll negro junto con la imagen de su detención.

Debajo, alguien había escrito:

«El defensor de las buenas conciencias tiene otras aficiones secretas» mientras lo etiquetaban en su perfil personal.

Fin

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