martes, 27 de octubre de 2026

Mi corazón está con Juárez, pero mi vida en El Paso 

por Omar Gómez
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—Senador, ya para finalizar, ¿entonces va a lanzarse nuevamente por la alcaldía de Juárez? —Inquirió la reportera dentro de la improvisada rueda de prensa que Joel Buendía, senador de la Nueva Vizcaya, ofreció en un restaurante de la ciudad.

—Así es. Juárez me necesita más que el gobierno del estado o que el Congreso de la Unión. Para mí, la carrera por la grande es Juárez. Por eso he decidido volver a competir, pero ahora con mayores bríos y resultados que allá en el lejano 2016, cuando la competencia no era pareja.

—¿Entonces va a solicitar licencia, senador?

—Claro que sí. Me pienso ceñir a los tiempos que marque la ley electoral para recorrer, sin otra encomienda, las colonias más necesitadas de Juárez. Desde abajo, como nos enseñó el expresidente y fundador de nuestro movimiento. Es por eso que hoy los cité para darles a conocer mis intenciones para contender por la alcaldía. Muchas gracias por atender la convocatoria —concluyó el senador.

Ya fuera de las cámaras y los micrófonos, Buendía desbloqueó su celular y revisó sus mensajes, ignorando la mayoría que provenían de grupos de periodistas, compañeros de partido y amigos empresarios. Ese día lo único que le importaba era atender la graduación del más joven de sus hijos. «Ya estamos listos, papá. Aquí te esperamos para irnos», leyó con una sonrisa que no podía ocultarse. Apartándose del estrado que se estaba vaciando, el senador contestó el mensaje y mientras caminaba hacia la salida, con una seña llamó a su asistente.

—¿Trajiste mi visa y mi dinero?—preguntó con acuciosidad.

—Sí, senador. Ahí se los dejé listos. Le compré nada más dos mil quinientos dólares, como me dijo.

—Perfecto. Muchísimas gracias. Me tengo que ir entonces. Cualquier cosa, te dejo encargada de lo que platicamos. Yo creo que me echo la vuelta a Juárez en una semana. Mientras tanto, seguimos en contacto por celular, ¿sale?

—Sí, jefe. No se preocupe. Yo aquí me encargo de coordinar todo con los chavos, ya para comenzar a pegarle a las redes sociales. 

—Gracias, mija. Cuento contigo. —contestó Buendía y salió del restaurante a toda prisa.

De camino al Puente Santa Fe, Buendía reprodujo un podcast local donde entrevistaban a Mariana Chairez, compañera de partido y rival por la alcaldía de Juárez. Habló de cómo su trabajo al frente de la Secretaría del Bienestar, bajo la encomienda de la presidenta de la República, había sacado a cientos de juarenses de la pobreza. «Pobre pendeja», —espetó Buendía mientras se reía. «La alcaldía ya me la autorizó quien manda en este país», —dijo en el interior de su vehículo mientras veía ya de cerca la garita para cruzar a los Estados Unidos. Luego, poniendo el podcast en pausa, el senador se quitó sus lentes oscuros y con una sonrisa saludó al oficial.

—Good morning—dijo Buendía ante un oficial de migración, quien, sin inmutarse, sólo le hizo una señal de seguir.

Al llegar a su casa, Buendía hizo sonar el claxon y, después de unos segundos, salieron sus tres hijos, incluyendo a su primogénito, que ese día se graduaba de la carrera de medicina. Bajándose del carro con una imborrable sonrisa, Buendía acaparó a su primogénito y con un abrazo que casi lo asfixia, le demostró cuán orgulloso estaba de él en ese día. Luego, cuando el más chico de sus hijos les informó que se hacía tarde, salieron todos de prisa rumbo al estadio de la universidad de UTEP.

Ya en la ceremonia, Buendía, desde las gradas, presenció cómo un nutrido grupo de estudiantes se graduaban de distintas carreras, mientras sus padres celebraban entre el público, orgullosos. Mientras esperaba a que diera inicio la celebración, en una butaca situada de frente y al otro extremo del gimnasio, donde se hallaba Buendía, éste reconoció a Rogelio Longoria, político local del Partido Nacional en Acción y precandidato precisamente para la alcaldía de Juárez, quien junto a su esposa, celebraba la graduación también de otro de sus hijos. Aunque rivales, Buendía y Longoria asintieron con la cabeza a modo de saludo y disfrutaron de la ceremonia, evitando  cruzar nuevamente las miradas. Cuando el maestro de ceremonias llamó al hijo de Buendía al estrado, el senador apenas pudo contener las lágrimas de la emoción. «Un hijo médico y ciudadano americano, nada mal para ser hijo de un ingeniero mexicano», se dijo. Ya al terminar la ceremonia, Buendía y sus hijos se fueron a comer a un restaurante de cortes, donde su primogénito le comentó que esa noche se iría a celebrar con sus compañeros de carrera.

—¿A dónde irán? —inquirió Buendía a medida que le daba un trago a su cerveza.

—A Juárez, papá. Muchos primos y hermanos de mis compañeros no tienen todavía los veintiún años, así que aquí no se puede celebrar.

—¡Ni se te ocurra, hijo! —espetó Buendía. Allá está muy peligroso. Tú sabes que no me gusta que vayan. Celebren aquí.

—Pero aquí no va a haber un bar donde admitan a todos y los dejen tomar.

—Pues hagan la fiesta en la casa. Yo les compro lo que ustedes quieran. Tenemos terraza techada. ¿Quién los va a ver? Además, para que estén más a gusto, yo me salgo por ahí con tus hermanos. Confío en ti y te lo mereces.

—¿En serio, papá?

—En serio.

—Sale, pues. Déjame hablar con ellos y te aviso.

Todavía en la comida, Buendía sintió vibrar su celular. Al sacarlo de su pantalón, se dio cuenta de que era una llamada de su asistente. «Discúlpenme, hijos. Es una llamada urgente, ahorita vengo», —les dijo Buendía a sus hijos mientras caminaba a las afueras del restaurante.

—Bueno. ¿Qué pasó, mija? —contestó Buendía.

—Discúlpeme que lo moleste de manera tan abrupta, senador. Pero es importante.

—No te preocupes. La ceremonia ya terminó y estamos comiendo. Dime, ¿qué pasó? Espero sean buenas noticias.

—Muy buenas, senador.

—A ver.

—Lo que pasa es que le conseguí una entrevista con un canal local de Juárez para el lunes a las siete de la tarde, así como un podcast de un influencer local temprano. Éste es el que más promete porque tiene más de medio millón de seguidores y es muy conocido en Juárez y en la Nueva Vizcaya, pero me dicen que si puede ser el miércoles la grabación.

—¡Excelente! —contestó Buendía, sorprendido. Me parece muy bien para iniciar con la campaña, nada más no seas malita. ¿Puedes arreglar que toda la agenda quede el mismo día? Inclusive conseguir más cosas, pero que quede el mismo día.

—Híjole, senador. No sé si pueda hacerlo con el canal local, sobre todo.

—Es que no quiero estar cruzando tanto a Juárez. Si se puede, bueno; si no, agendamos para la otra semana, pero siempre que queden juntos.

—Es que ambos contactos son medio payasos, senador. Y realmente son buenas oportunidades. No habrá manera…

—No te preocupes —interrumpió Buendía. Ya habrá más espacios que quieran acomodarse a la agenda del senador Buendía de la Nueva Vizcaya. Los dejamos pasar.

—Pero senador…

—Los dejamos pasar. Muchas gracias y seguimos en contacto.

Fin.

Por Omar Gómez

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