Ahora que llevamos más de ocho años siendo gobernados por la izquierda en México, tiempo suficiente para medir los cambios sufridos en el país, es momento de reflexionar si hubo una mejoría. Esto es, preguntarnos si el país es más seguro, si hay menos pobres, si hubo un aumento en la calidad de vida de los mexicanos, entre otras cosas. Las respuestas a estas preguntas dependerán en gran medida de quiénes respondan. Por ejemplo, es lógico que los políticos gobernantes contesten afirmativamente, mientras que sus opositores no.
Ante dicho panorama, lo ideal es buscar la respuesta en un sector que se considere neutral. Pero, ¿quién podría asumir esa encomienda? Una persona informada pensará en la academia, ya que, en términos generales, sus miembros deben basar sus opiniones en el método científico y en metodologías especializadas. No por nada los académicos son vistos como quienes tienen la misión de pronunciarse sobre los grandes problemas nacionales por medio del conocimiento científico; esto es, dejando a un lado vicios en el razonamiento a los que otros sectores sociales son más propensos.
No obstante, durante el régimen de la Cuarta Transformación no solo se ha visto una academia ausente, sino complaciente con el poder. ¿Cómo? Ya sea avalando el discurso oficial u omitiendo analizar las acciones y omisiones del gobierno. ¿Por qué? Porque durante este régimen la mayoría de la academia ha renunciado a ser neutral, ya sea por afinidad ideológica con el régimen o por cobardía.
En efecto, son pocas las voces de académicos de renombre y de universidades mexicanas que se atreven a cuestionar abiertamente las decisiones de gobierno tomadas por Morena. No por nada el gran contrapeso al partido en el poder proviene de los medios de comunicación y de los partidos opositores que, en esencia, carecen de objetividad al emitir sus razonamientos con base en sesgos económicos y partidistas.
En ese sentido, como razón de renuncia a la crítica por afinidad ideológica, tenemos a muchos académicos más comprometidos con encuadrar su cosmovisión del mundo a los acontecimientos del país, que pasan por alto o minimizan datos que en otros contextos resaltarían con fervor. Todo depende de si se autoperciben como de izquierdas o de derechas, ya que a partir de ahí será la vara con la que interpretarán los actos y omisiones de gobierno.
Por ejemplo, en otros tiempos quienes se reconocían como de izquierda utilizaban datos y, sobre todo, presunciones para emitir sus opiniones. Llámese a las colusiones del gobierno con el crimen organizado, con gobiernos extranjeros o con intereses corporativos, etcétera. No obstante, hoy que esos mismos datos y presunciones también hacen sospechar a la 4T de seguir con esos vínculos, ahora sí se piden pruebas «incontrastables». Es decir, se suavizó el rigor con tal de no contrariar la narrativa de la izquierda de bregar siempre por el interés superior del pueblo y de no efectuar alianzas criminales.
Por lo que respecta a la cobardía, no podemos negar que la academia en México —y en mayor medida la ligada a las ciencias sociales— depende de las contribuciones para mantenerse. Luego, es el gobierno quien, en última instancia, tiene la palabra para abrir o cerrar la llave, lo cual se traduce en proyectos de investigación, nuevas plazas y un sinfín de prestaciones que en el sector privado los académicos no podrían obtener. Es ahí donde, ante la amenaza velada, el académico prefiere callarse u omitir el análisis de los actos de gobierno, con el fin de evitar represalias que afecten su carrera académica y, por tanto, su plan de vida.
Ante esto, ahora cabe la reflexión sobre si hay que reformar las universidades públicas para garantizar que el conocimiento que produzcan busque nuevamente la neutralidad y el rigor científico, en vez del ideario de turno o de moda. No hacerlo hoy supondría ignorar que la academia está plagada de mafias que obstaculizan el pensamiento disidente hacia el gobierno y su ideología.
A mi juicio, eso tiene que hacerse, y el gobierno de la 4T reveló lo que ya estaba pasando en otros sexenios: que la academia se convirtió en una casta llena de parásitos que hay que purgar, pues su único propósito es conservar sus pingües privilegios y la posibilidad de propagar sus ideologías a costa del erario público. Lo cual, desde luego, no forma parte de su razón de ser.
Por Omar Gómez




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