La mayoría de los empresarios mexicanos dicen una cosa y hacen otra, y en parte por eso estamos condenados a la dependencia económica de la inversión extranjera. Así, por ejemplo, mientras a nuestra clase empresarial le ofende la corrupción en público, luego la abraza en privado porque les permite obtener lucros que en otros países sin ella no alcanzarían. También, a la vez que el quince de septiembre grita con orgullo patriótico en favor de México, el resto del año planea cómo vivir, vacacionar, ahorrar sus ganancias y hasta tener descendencia en el extranjero.
Lo que en realidad no cuentan esos empresarios es que aman de México sólo su cultura para tener una identidad ante el exterior, pero sin comprometerse realmente con su futuro. Que ese amor es hipócrita por no apostarle a lo que importa: la industrialización del país, su desarrollo económico, la competitividad global, etcétera. Y es que para llegar a ese compromiso es necesario contar con empresarios patriotas que vean más allá del capital y apuesten por el bienestar colectivo, pero para ello se necesita una amplia cultura que es de lo que en su mayoría carecen.
De esta hipocresía he sido testigo en innumerables ocasiones al dedicarme en parte al litigio corporativo y, por tanto, rodearme de empresarios de casi todos los tamaños; desde personas físicas que fungen como autoempleados, hasta dueños de empresas millonarias que generan cientos de empleos. Si a eso le agregamos la experiencia de vivir en una ciudad fronteriza como lo es Ciudad Juárez donde la tentación de vivir en otro país, en este caso, Estados Unidos de América, es más real; he podido comprobar cómo muchos empresarios ingratos aspiran a vivir al otro lado de la frontera utilizando a México como trampolín para dar el gran salto.
Pero antes de continuar, el hecho de que tal o cual persona planee cambiar de residencia no es suficiente para tildarlo de hipócrita, ya que mi intención no es demonizar a todo aquel que no abrace la mexicanidad. Por el contrario, soy una persona que cree en el libre albedrío y el respeto irrestricto a los planes individuales de las personas, aun cuando estos difieran de los míos. Sin embargo, la hipocresía la encuentro y siento la necesidad de exponerla, cuando veo cómo México es utilizado por los empresarios como un vehículo para enriquecerse, para luego gastar, invertir o ahorrar esas ganancias en los Estados Unidos de América, país donde seguramente no podrían haber obtenido las mismas riquezas.
A manera de ejemplo, para nadie es un secreto que en Ciudad Juárez, Chihuahua, las familias más acaudaladas de la ciudad viven en El Paso, Texas. También, que por cuanto hace a nuestro mejor capital humano, esto es, la mayoría de políticos, académicos, líderes sociales y empresariales de esta frontera, estos se vuelcan con tal de vivir en la vecina ciudad y que sus hijos nazcan y estudien allá. Esto, desde luego, hará que su progenie tarde o temprano rompa todo vínculo con México, cuando muchas veces fue gracias a él que la familia entera cobró relevancia y llegó a tener notoriedad.
Esto nos deja una fuga de riqueza y capital humano que prácticamente le estamos regalando a otras sociedades—sobre todo a la estadounidense—, las cuales sí comprendieron que es un mero cuento la amistad entre países y ciudades fronterizas. Que la realidad entre naciones es igual que entre los individuos: la vida es una competencia y hay que valerse de todos sus recursos para sacar ventaja. Por eso es que usan su poder blando y cultural para atraer año con año al mejor capital humano mexicano, los que, conscientes o inconscientes, con su partida ayudan a perpetuar el estancamiento de México y que sólo sea visto como algo digno de presumir el quince de septiembre o el cinco de mayo.
Ante este panorama y más allá de las medidas legislativas para evitar la transferencia al menos de riqueza generada en México hacia los Estados Unidos de América—de lo cual me ocuparé en otra entrada— quiero que sirva este artículo como antecedente para explicar en qué consiste la hipocresía del empresariado mexicano que mientras reniega de México, también lo usa como un vehículo para amasar fortunas que difícilmente haría en el país al que migran.
Para exponer lo anterior, dentro de la presente entrada me ocuparé de exponer cómo la corrupción, lejos de afectar a la mayoría de empresarios, les puede servir como un puente para abaratar costos y con ello obtener mayores ganancias. Ganancias provenientes del ahorro por el incumplimiento consciente de las leyes que la incompetencia gubernamental difícilmente los haría cumplirlas de manera coactiva..
La negligencia también enriquece
Así, una de las quejas más frecuentes en México por parte de los empresarios gira en torno a la incapacidad del gobierno mexicano para gobernar el país. Sin embargo, paradójicamente, esa desatención se convierte en una veta de oportunidad para que quien cuente con el capital suficiente, no tenga que cumplir con regulaciones—por más lógicas y necesarias que estas sean— para explotar una actividad económica. Y esa ineficacia la saben cientos de empresarios—sobre todo los fronterizos— que, aunque en público se quejan de la corrupción, en sus adentros se saben favorecidos porque es a través de esa incapacidad gubernamental que pueden obtener beneficios económicos que nunca alcanzarían en otros países sin ese flagelo.
Y es que yerra quien piensa que la corrupción únicamente implica sobornar a servidores públicos para dejar de cumplir con una norma u obtener un beneficio inmerecido, ya que también lo es la ocupación de cargos públicos para los que no se está preparado. Claro, sin que por ello se pueda culpar al empresario porque sencillamente éste no lo provocó sino que lo provocó el propio sistema que no cuenta con controles efectivos para evitar que personas ineptas asuman el cargo de servidores públicos. No obstante, sí es importante destacar que la existencia de esta modalidad de corrupción engendra la incapacidad del gobierno para aplicar la ley y que quien es consciente de ello, puede sacarle provecho, como en efecto sucede por parte de un sector hipócrita del gremio empresarial.
Una vez aceptada esta realidad, la hipocresía sale a la luz cuando cientos de empresarios que hacen alarde de cómo en otros países sí existen gobiernos capaces de poner orden y que, por lo tanto, generan confianza para invertir y desarrollar negocios con tranquilidad allí; contradictoriamente optan por hacer todos sus negocios en México, aunque tengan los medios para hacerlo ante otros gobiernos que tanto alaban. Pero esta contradicción desde luego tiene un trasfondo que poco se dice: que la explotación del débil estado de derecho mexicano les favorece para competir deslealmente con otras organizaciones que cuentan con menos capital.
Pero, ¿en qué reside esa competencia desleal? En que muchas veces sus negocios los emprenden sin los permisos, licencias o autorizaciones necesarias que están estipuladas en la ley. Asimismo, en que no cumplen con las normas de seguridad, sanitarias y ambientales para operar. Todo esto, a diferencia de otros empresarios—su competencia— que sí tuvieron que erogar recursos para tales fines porque quieren cumplir con las reglas del juego. Ya ni se diga la inversión para mantener una administración profesional que vigile el cumplimiento legal y a la vez brinde un buen servicio al consumidor, ya que estos empresarios hipócritas, a sabiendas de la improbabilidad de ser sancionados, se dan el lujo de contar con una administración informal dentro de su formalidad, tal como retraté en mi entrada Los problemas en la administración de las empresas mexicanas.
Es entonces bajo esta dinámica donde el dueño del capital, a sabiendas de que sus actos u omisiones van en contra de la ley, pero que difícilmente sufrirá consecuencias por parte del gobierno, que abraza la negligencia del gobierno y la transforma en una ventaja competitiva para obtener ganancias indebidas. También, es allí donde ese empresario, carente de incentivos para profesionalizar sus organizaciones, opera en una flagrante informalidad que le permite ahorrar grandes cantidades de dinero en equipo, materias primas de calidad, controles sanitarios, capital humano, entre otros.
Por eso, cuando vociferan que México es un país corrupto—no sin razón— y exigen que cambie, en realidad lo hacen para ciertos rubros donde no les afecta directamente la eficacia gubernamental, tales como la obra pública, la infraestructura urbana, la seguridad, el medio ambiente, etcétera. Pero, en tratándose de la fiscalización, el sistema de impartición de justicia y el derecho a una buena administración pública, no. ¿Por qué? Porque con un gobierno competente saldrían del mercado cientos de empresarios sin el ingenio y el capital humano idóneo para cumplir con las regulaciones gubernamentales.
Entonces, cuando se cumpla el deseo de tantos empresarios de abatir la corrupción en México, el propio mercado se encargará de sacarlos de circulación y, lo que es peor, seguramente exigirán un intervencionismo gubernamental para poder competir contra quienes sí profesionalizaron sus organizaciones y toman en serio sus negocios. Pero mientras esto no suceda, tendremos que tolerar cómo ante la cámara dicen amar a México y que desean que cese la corrupción, para que en lo oscurito estén concibiendo cómo obtener ventajas al incumplir la ley.
Por Omar Gómez
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