Si hay alguien que supo retratar cómo se obtiene y se ejerce el poder en México en el siglo XX, sin duda fue el escritor y periodista Luis Spota. Ello se debe a que, en su ejercicio periodístico, estuvo cerca de los hombres del poder en México y, por ende, esa cercanía inspiró su labor literaria. Tan es así que escribió una serie sobre ese tema que denominó La costumbre del poder (1975-1980), iniciando con la novela que reseñamos hoy, Retrato hablado (1975), para continuar con Palabras mayores (1975), Sobre la marcha (1976), El primer día (1977), El rostro del sueño (1979) y La víspera del trueno (1980).

El primer libro de esta serie cuenta la historia de cómo el magnate mexicano Eugenio Olid construyó un emporio empresarial en un país subdesarrollado basándose en el fraude, el tráfico de influencias, el asesinato y la corrupción. Flagelos que en el México moderno no se han logrado desterrar del todo y que, por tanto, mantienen al libro plenamente actual.

La novela comienza con el fallecimiento del empresario Eugenio Olid, quien ya estaba retirado de la vida pública y sin el control del gran emporio económico que forjó a lo largo de décadas. Quien descubre su muerte es su compañera y amante oficial, Sofía Vaquero, quien, rauda, le informa al director del Grupo Olid, Miguel Rebul.

Con este acontecimiento, la novela intercala de inmediato dos tiempos: el presente, donde suceden los preparativos fúnebres de Olid, y el pasado, que narra cómo conoció Eugenio a quienes llegarían a formar parte de su círculo más cercano: su abogado y consejero Héctor Deschamps, su médico particular Sergio Porcela, su compadre el general Teófilo Medina, su asistente personal Rafael Balda, su consejero espiritual Maximiliano Castro, y Sofía Vaquero y Miguel Rebul, ya mencionados.

Así, entre el pasado y el presente, el lector va entendiendo cómo un hombre llegó a ser tan importante para México y a adquirir tanto poder como para influir en el rumbo de las elecciones, nombrar secretarios de Estado, gobernadores y más. Entiende también por qué el entonces presidente de México, Tito Livio Gómez de Lara, junto con cientos de personas, le rindió pleitesía a Eugenio Olid en su funeral.

Se trata de un hombre que, sin más herencia que su ingenio, comienza a crear dinero a través del fraude y del robo de siete cerdos que estaban a su cargo en el pueblo de Ave María Purísima. Allí es descubierto por su víctima y denunciado ante el militar Teófilo Medina, quien llegaría a convertirse en su compadre y uno de sus siete cómplices, así como aconsejado por el cura Maximiliano Castro, que también formaría parte de su círculo cercano.

Ya sin miramientos, Eugenio Olid va escalando en sus negocios, pero esta vez en el estado ficticio de Nueva Castilla, donde la élite local, liderada por Carlos Rebul —padre de Miguel Rebul—, aunque reacia al principio ante la presencia de Olid, posteriormente le cede, ya derrotada, el control de su banco. Ese banco se convierte en uno de los pilares para que Eugenio Olid adquiera un gran poderío económico.

No obstante, el éxito que poco a poco va forjando Olid se ve empañado por su deseo de ser padre, ya que, sin saberlo en su momento, al tener sus primeros encuentros sexuales con prostitutas adquirió una enfermedad de transmisión sexual que le impediría tener hijos biológicos. Padecimiento que sufre junto con Sofía Vaquero, la asistente y eterna amante que solo un magnate como Eugenio Olid puede permitirse.

Esto y muchas otras cosas más que retratan los episodios más oscuros de Eugenio Olid —en los que humilla a sus siete cómplices y a las personas más cercanas— es lo que se narra a lo largo de la novela. Todo ello expuesto por los mismos personajes, que se van presentando uno por uno. ¿Cómo? Al coincidir en el último deseo del excéntrico Olid: que su féretro sea cargado por ellos y llevado a donde inició todo: Ave María Purísima, el lugar donde se vio nacer a un magnate mexicano y ahora era el turno de verlo morir.

La redacción

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