—Disculpe… ¿de verdad no habría manera de dejarme pasar? A lo mejor alguno de los licenciados podría atenderme ya —preguntó José, con la voz tensada por la urgencia y el gesto crispado.

—Ya le expliqué que no se puede, señor —respondió la guardia sin levantar la vista del celular, con una indiferencia que parecía ensayada—. Están ocupados preparando las audiencias de la mañana —añadió, como si recitara un reglamento invisible—. El procedimiento es el mismo: anotarse en la lista y esperar a que lo llamen por su nombre. Ni siquiera sé quién lleva su expediente.

José tragó saliva antes de insistir.

—Es que traigo prisa… en el trabajo sólo me dieron una hora y media para venir, y ya se me fue casi una. Apenas voy a alcanzar a regresar —dijo, esforzándose por mantener firme la voz—. No sabe lo que me costó conseguir ese empleo, señorita.

—Lo siento —replicó ella, sin un matiz de pesar—, pero no puedo descuidar mi puesto ni romper las reglas. Los abogados están muy ocupados.

José apretó los labios.

—¿Pero tanto? Si entraron hace una hora… ni modo que todavía estén desayunando. Se supone que atienden desde las nueve, ¿no?

La guardia alzó apenas la mano, señalando con el índice unas butacas al fondo.

—La indicación es que salen a atender como a las diez. Espere allá. Ahí lo van a llamar.

No hubo más.

Al comprender que sus palabras se deshacían contra un muro sin fisuras, José dio media vuelta. Miró su reloj de muñeca —un gesto casi reflejo— y dejó escapar un suspiro largo, como si en él se le fuera también la poca paciencia que le quedaba. Se cubrió el rostro con ambas manos, ásperas y castigadas por el sol y los años, y caminó de regreso a la sala de espera.

Antes de sentarse, recorrió el lugar con la mirada, atento a cualquier señal de ventaja ajena, como si alguien más hubiera logrado colarse en su ausencia. No. Los mismos rostros cansados, la misma espera espesa. Se dejó caer en una banca metálica que devolvió un quejido seco, y bajó la cabeza, rindiéndose, al menos por un momento.

Mientras se frotaba la nuca encanecida, alzó la vista lo suficiente para leer un cartel pegado en el mostrador:

«Con la aprobación de la reforma constitucional al poder judicial, la justicia laboral es una realidad».

Sintió un ardor súbito en la garganta. Se contuvo. Apretó la mandíbula para no escupir en voz alta lo que pensaba. Porque para él —lo sabía con una certeza dolorosa— esa justicia no había llegado nunca.

Desde el día en que lo despidieron, José vivía suspendido en una incertidumbre que no daba tregua. Once meses habían pasado, y la promesa de justicia seguía siendo eso: promesa. Al principio creyó que bastaría con acudir al Centro de Conciliación, acompañado de un abogado, para que su patrón cediera al menos en algo. No pedía demasiado: unos cuantos pesos para pagar camiones, uno o dos meses de renta, algo de comida mientras encontraba otra obra.

Pero la audiencia lo desfondó.

Escuchó, atónito, cómo el abogado de la constructora afirmaba que él nunca había trabajado ahí, que no existía registro alguno a su nombre ante el Instituto Mexicano del Seguro Social, que no había, en consecuencia, nada que pagarle. Once años reducidos a una negación. Once años borrados con la facilidad de una frase.

Lo que terminó de quebrarlo, sin embargo, no fue eso.

Fue su propio abogado.

Recordó con nitidez la primera visita: el café, las galletas, el trato cercano. El “Pepe” pronunciado con confianza, como si ya no fuera cliente sino amigo. Recordó también el entusiasmo con que aquel hombre tecleó durante unos minutos para luego mostrarle un cálculo: más de seiscientos mil pesos entre indemnizaciones, prestaciones y horas extras. De ese monto —le explicó— saldría su pago; el veinte por ciento sería para él, y José aceptó sin titubeos. Parecía cuestión de días.

Pero en la audiencia, cuando la contraparte negó todo, algo cambió.

Su abogado se volvió opaco. Distante. Después, esquivo.

Dejó de responder llamadas. Dejó de contestar mensajes. Aunque más tarde lo citó para firmar una demanda, ya no hubo preguntas sobre testigos, documentos o pruebas. El juicio, que antes parecía inminente, empezó a diluirse en un tiempo sin forma.

Ya no se le hizo fácil mi caso, pensó José entonces.

Hasta que un día, tras insistir demasiado, recibió un mensaje seco, cargado de molestia: que el litigio tomaba tiempo, que no entendía, que si desconfiaba mejor acudiera con abogados de oficio. Sin más, le envió un número de expediente y se deslindó del asunto. Así, sin transición, sin cierre.

Y José se quedó solo.

Solo frente a un sistema que, en teoría, existía para protegerlo.

Regresó al presente con un sobresalto leve. Miró el reloj otra vez. Diez minutos más se habían ido, como si el tiempo tuviera prisa sólo para él. Sintió un nudo en el estómago. Pensó en su trabajo, en la oportunidad frágil que apenas había conseguido.

Se levantó.

No podía esperar más.

Pinche gobierno, masculló, apenas moviendo los labios. ¿Cuál nueva justicia laboral? Once meses… y nadie me ha escuchado.

Pasó frente a la guardia sin mirarla siquiera. Esta vez no dijo nada. Atravesó la salida de los tribunales con el ceño endurecido y una prisa que ya no era sólo por el trabajo, sino por huir de ese lugar.

Por falta de tiempo, por necesidad, por cansancio —o por todo junto—, José no volvió jamás a poner un pie en el tribunal laboral. Fin.

La redacción

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