Con la reforma constitucional al poder judicial en México, al gremio jurídico nos quedó clara una cosa: que no contamos con apoyo popular. Y es que por más que denunciamos los peligros de elegir a los jueces mediante el sufragio en videos, podcasts, periódicos, artículos y más, lo cierto es que nuestro mensaje no generó un impacto ante la ciudadanía, como sí lo han hecho otros profesionistas que se han envuelto en reformas legales de gran calado, como maestros o médicos, por mencionar algunos. Ante esto, me pregunto: ¿por qué fuera de nuestro gremio casi nadie nos apoyó? Para concluir que una de las tantas razones es que no hemos sabido divulgar nuestro valor social.

Pero antes de continuar, sé que habrá quienes me recuerden todos los artículos, libros, conferencias y hasta videos existentes en los que se exalta la importancia de la abogacía, para luego argumentar que la difusión de nuestra labor en efecto existe, pero que esa difusión no hizo eco entre los legos del Derecho. ¿Y cómo iba a hacerlo si todo ese contenido e información va dirigido a quienes no tienen por qué estar convencidos, sino, si acaso, motivados por la importancia de la abogacía, como lo son los licenciados y estudiantes de Derecho que entienden —o al menos deberían entender— el abogañol.

Por lo que la amarga experiencia de la reforma judicial nos debe hacer reflexionar a todo el gremio jurídico sobre el hecho de que ya no podemos descuidar nuestra imagen de cara a la ciudadanía. Que ensimismarnos en nuestra práctica profesional, como lo hicieron en su momento los cientos de jueces cesados en la función jurisdiccional, quienes pensaron que hablar a través de sus sentencias era suficiente, pocos réditos nos traerá. Por esto, creo que es hora de buscar alternativas donde, alejados del lenguaje rígido y acartonado que sólo los juristas comprendemos, podamos no solo decir, sino demostrar nuestro valor ante la sociedad. ¿Cuál podría ser una de ellas? El género de la ficción.

El género literario en el que podemos enseñar, a través de la narración de historias, por qué un abogado es un auxiliar de la justicia, así como qué podría pasarle a un ciudadano común ante nuestra ausencia o con un ejercicio limitado, entre otras muchas instituciones tan abstractas como la trascendencia de la democracia, la división de poderes, la independencia judicial o el principio de presunción de inocencia, por mencionar algunas.

Y es que para nadie es un secreto que el ser humano aprende más profundamente a través de las historias porque evocan emociones que vuelven más indelebles las enseñanzas que reflejan. No por nada los textos religiosos son tan venerados y recordados, precisamente porque están llenos de mensajes que se demuestran a través de historias. Por eso es que creo que de manera activa en nuestro gremio deberíamos promover la escritura de más literatura jurídica, así como ya promovemos especialidades interdisciplinarias como el periodismo jurídico, la psicología jurídica, etcétera.

Dicho esto, no me pasa desapercibido que existen grandes escritores hispanos que estudiaron —aunque no todos terminaron— la carrera de abogado, como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Jorge Volpi, etcétera. Escritores de los que incluso algunos ganaron el premio Nobel de literatura por sus contribuciones literarias. No obstante, la verdad es que, salvo Jorge Volpi con su texto «Una novela criminal», aquéllos no retrataron a profundidad la esencia de la judicatura, la abogacía y sus instituciones.

Contrario a nuestros escritores hispanos, escritores y abogados internacionales como John Grisham, Gianrico Carofiglio y Bernhard Schlink sí han retratado con mayor precisión lo jurídico a través de un texto novelado. De ahí que a estos autores se les reconozca como parte del género de ficción denominado thriller jurídico y que, de alguna u otra manera, han socializado la importancia de lo jurídico en la vida diaria de personas ajenas al mundo de lo legal.

Así como ellos, creo que en México nos hacen falta abogados que, ya sea por una cuestión de pasatiempo, para entretenerse en el retiro o como un mero ejercicio autobiográfico, se adentren en la escritura de ficción jurídica. Ahí encontrarán una audiencia que está ávida de ser instruida en el mundo del Derecho, pero que no tiene ni las bases ni, muchísimo menos, las ganas de hacerlo a través de la escucha de un podcast, la lectura de un texto o la asistencia a una ponencia adornada con un lenguaje técnico.

Para ello, el lector habrá de notar que en efecto afirmé que serían los abogados quienes idealmente escribieran ficción en el thriller jurídico. ¿Por qué? Porque la labor principal sería retratar instituciones jurídicas a través de un lenguaje novelado, lo cual muchas veces no puede ser divulgado por brillantes escritores, sí, pero pésimos o desencantados abogados, como lo fueron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. No por nada, ninguno de sus relatos se adentró en el mundo jurídico como sí lo puede hacer quien sí ha tenido experiencia real ante los tribunales.

Es por eso que, si queremos traducirle a la ciudadanía instituciones tan áridas como la democracia, la división de poderes, la independencia judicial, la proporcionalidad penal, etcétera, lo mejor es que incentivemos, a través de concursos y editoriales especializadas en Derecho, la creación de thrilleres legales hispanos escritos por quienes sí practicaron, desde sus distintas facetas, la licenciatura en Derecho. Así podremos difundir nuestro valor social ya no entre nosotros, sino ante aquellos a los que verdaderamente les importa: la ciudadanía.

Por último, no quiero que pase desapercibido que en efecto en México ya existe un jurista adentrado en el mundo de la ficción jurídica debido a su vocación literaria: Gerardo Laveaga. No obstante, por el tamaño poblacional de México —y ni se diga de la cultura hispana—, me parece que lo que hasta ahora ha hecho, aunque plausible, es insuficiente. De ahí que mi intención sea alentar a que muchos más lo imiten y se consolide el género de la ficción legal en la cultura hispana. No lo sabemos, pero tal vez apostar por fomentar la creación literaria jurídica hará que en los próximos ataques frontales por parte del Estado a la comunidad jurídica, esta vez sí tengamos de nuestro lado a alguien más que a nosotros mismos, los abogados.

Por Omar Gómez

Abogado postulante en materias fiscal, administrativo y constitucional

Socio en belegalabogados.mx

Contáctame en hola@ogomezabogado.com y visita mi sitio web en ogomezabogado.com.

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