Un litigio, en sí mismo, es estresante, costoso y un volado. Parte de la premisa de que las partes no pudieron ponerse de acuerdo o de que las autoridades no respetaron sus derechos. Y aunque supuestamente es un método pacífico para resolver conflictos sociales, la realidad es que, dejando fuera todas sus florituras, es la guerra. Por ende, los terrenos en que se desarrolla no siempre son justos, ya que como te explicaré no siempre gana quien tiene la razón, sino quien comete menos errores durante el proceso.
Tan es así, que basta un solo error del abogado o del cliente para que un caso que se avizoraba como un triunfo seguro se convierta en la peor de las pesadillas. Y es ahí donde adquiere suma importancia la figura del error humano ¿Por qué? Porque son la espuela con la que el juez decidirá si estudia el fondo del asunto o si, con un afán hiperformalista, se quita un expediente más de encima. Así, poco va a importar quién tenía la razón si el juzgador —o tu contrario—, aprovechándose de tus fallas, puede darle una resolución más fácil al juicio.
Antes, sin embargo, quiero aclarar que por errores no me refiero a las jugarretas que delincuentes con títulos de licenciados en Derecho provocan contra sus contrarios, ni mucho menos a los arreglos subrepticios —corrupción— que realizan en favor de sus clientes en connivencia con las autoridades. Me refiero a aquellas omisiones que por la simple condición humana de confundir o descuidar algo, pueden cambiar el resultado de un juicio. A manera de ejemplo: exhibir en copia simple el documento base de la acción; no firmar un escrito o entregar la copia simple como si fuera el original; confundir el número de expediente al recurrir una resolución; traslapar datos de un juicio con los de otro; cometer el pecado de enfermarse antes o durante la audiencia; confundir la fecha y hora de una diligencia; asumir cargas probatorias inaplicables; o incluso equivocarse de la vía, entre muchos otros supuestos.
No obstante, debo advertirte que cuando ese tipo de errores vienen de ti, son tu condena; pero cuando provienen de tu contrario, se convierten en una bendición que difícilmente podrás dejar pasar, ya que su uso para ganar un juicio forma parte de una de las reglas no escritas de los tribunales que los abogados postulantes, generalmente a la mala, deben aprender: todo lo que sume a la causa de tu cliente sirve.
Por eso quiero que tengas siempre presente que, sin pudor ni piedad, cualquier abogado utilizará un error tuyo en favor de su cliente. De hecho, podría decirse que es su deber por el solo hecho de defender su causa. Así, no importa que parezca el más inofensivo, bonachón o moralista de los abogados; créeme, a la menor oportunidad verás cómo se le cae la careta y se convierte en un gatillero con traje. No seas ingenuo.
La experiencia que me enseñó que el litigio era la guerra
Un poco antes de egresar de la licenciatura en Derecho, allá por el 2015 y siendo ya pasante, me tocó presenciar un acto que marcó mi carrera como abogado postulante. Fue la cruda realidad de lo que representa estar inmerso en un litigio: ver que los procesos se pierden por el oportunismo y no porque se carezca de razón. Descubrir que, para el Derecho, no basta con exponer los mejores argumentos y ofrecer suficientes pruebas, sino que incluso hay que contar con suerte.
En esa ocasión, me encontraba en un juzgado civil cuyo secretario de acuerdos era muy afable conmigo, seguramente por mi inexperiencia y candor. Estaba a punto de iniciar una de esas audiencias horrorosas del viejo sistema civil; sí, esas de escritorio donde todo era lento bajo una apariencia de justicia. Como eran públicas y cualquier persona presente en el juzgado podía presenciarlas, decidí quedarme y aprender lo que en la universidad jamás me enseñaron: la práctica del litigio.
Una vez ahí, me enteré de que en esa audiencia se desahogaría una prueba confesional de una empresa por conducto de su apoderado. Prueba que, a mi juicio, nunca ha servido para revelar la verdad de los hechos —por lo lenta y formalista que es—, sino que sólo sirve para perjudicar al que, por alguna razón, no puede acudir a su desahogo y, ante su incomparecencia, se tenga por cierto todo lo afirmado por el contrario en las posiciones. Pues bien, eso fue exactamente lo que ocurrió aquí.
El abogado que representaría a la empresa ya había llegado al juzgado y, poco antes de que diera inicio la audiencia, el secretario de acuerdos recibió súbitamente una llamada del abogado apoderado de la empresa. Después de hablar brevemente, nos informó que al parecer dicho abogado tenía un problema de salud que le impediría llegar al juzgado. También nos dijo que le había pedido el favor de hablar con el abogado presente para ver si se podía diferir la audiencia. Una especie de pacto de caballeros ante el estado de necesidad.
El secretario abundó en que quien había llamado era un connotado abogado que años atrás había sufrido un infarto casi fulminante, del cual nunca se recuperó del todo. Le habían advertido que, de repetirse, no habría salvación. Y que, precisamente, el problema que refería era que sentía que estaba a punto de infartarse de nuevo porque los síntomas que presentaba camino al juzgado le recordaban aquel funesto suceso.
De pronto, esa tragedia se le presentó al abogado presente como una manera rápida y sencilla de ganar el juicio, dados los deleznables efectos de la prueba confesional en el viejo sistema procesal civil. Sin embargo, ante el requerimiento del secretario para dar su visto bueno para el diferimiento, tuvo que guardar las formas y fingir empatía. Así, caviló unos instantes si podía consultarlo con su cliente, para luego concluir que mejor no, dado que éste estaba ilocalizable. Tras simular esa empatía por un rato, sentenció que ya cuando se resolviera el juicio, él pondría de su parte para negociar el asunto, lamentándose de no poder hacer más por la falta de instrucciones y por estar —según dijo— atado de manos.
Con la negativa del abogado y la ley misma que no contemplaba diferimientos sin comprobación real de los hechos, al secretario no le quedó más que continuar con la audiencia. Una vez calificadas como legales todas las posiciones exhibidas para la confesional, declaró confesa a la empresa y, por ende, con ese “error” de su abogado quedó prácticamente de bruces ante el juicio.
Al presenciar esto y desde mi posición de mero testigo, critiqué acremente al abogado en mis adentros. Creí que no había honor en ganar de esa forma, sin reparar en que el abogado enfermo, por prudencia, pudo haber prevenido ese yerro —dada su condición— contando con un asociado o amigo que pudiera atender sus audiencias ante una emergencia. Todo estaba en la prevención y eso en el litigio es vital. Con el tiempo, comprendí que, salvo casos realmente fortuitos, los errores y omisiones sí son prevenibles para los abogados postulantes. Pero no es sino hasta que nos golpea una experiencia aciaga cuando realmente les prestamos atención.
Tras experimentar desde mis inicios que no bastaba tener razón para ganar un juicio, al poco tiempo regresé al juzgado y le pregunté al secretario cómo y quién ganaba entonces los juicios, para aprender esa práctica o trucos que la universidad nunca me enseñó. Sin vacilar, el viejo secretario me espetó: “Gana el que menos pendejadas haga, Omar. Por pendejadas es que se pierden los juicios”.
Y en efecto, con el tiempo aprendí que errores, omisiones o “pendejadas” —mías o de mi cliente— podían costarnos un juicio que, valorado conforme a la ley, precedentes y pruebas disponibles, teníamos todo para ganar. Que de poco servía saber teoría o argumentar brillantemente si un error inclinaría la balanza, de modo que no ganara quien tuviera la razón, sino quien fuera bendecido por el error del contrario. Eso, aun cuando derivara de un accidente o de una contingencia médica, porque en el litigio el abogado no puede darse el lujo de enfermarse. Entonces fue ahí cuando aprendí que el litigio es la guerra.
Por Omar Gómez
Abogado postulante en materias fiscal, administrativo y constitucional
Contáctame en hola@ogomezabogado.com





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