Desde tiempos inmemoriales, el gremio de la abogacía ve su profesión con cierto romanticismo. Y es que es una de las pocas profesiones llenas de rituales, costumbres e historia en nuestro país y, si se me permite, en el mundo. De ahí que el abogado postulante se sienta orgulloso por el simple hecho de serlo y no pierda la oportunidad de darlo a conocer, de mostrar su pedigree. Su supuesto estatus.

Romanticismo que se ha acrecentado con el uso de las redes sociales , el cual permite compartir el ‘estilo de vida’ diario de un abogado postulante. Trajes caros, viajes alrededor del país para atender casos, visitas a restaurantes de lujo, conferencias, etcétera. En suma, pirotecnia para venderle al lego en el Derecho una supuesta realidad que cada día atrae a más y más adeptos. No por nada, la licenciatura en Derecho es de las más estudiadas en México.

Por eso, son pocos los verdaderos abogados postulantes que comparten lo que realmente implica ser uno. Los que, más allá de las apariencias, muestran la cruda realidad de la práctica profesional. Sobre todo, para aquellos interesados en estudiar la carrera. Dentro de ese escaso grupo he decidido compartir mi experiencia , pues he visto a muchos arrepentidos después de darse cuenta de que no todo es color de rosa en la profesión.

Para efectos de exponer qué implica realmente ser un abogado postulante y abordar sin romanticismos el tema, abordaré las seis facetas profesionales más demandadas a la hora de la práctica profesional: 1) ser un vendedor de resultados, 2) el abogado como escritor, 3) el abogado como lector, 4) ser un consejero, 5) ser un eterno estudiante y 6) el abogado como empresario. Temas que, dada su importancia y extensión, iré desarrollando de forma autónoma en futuras entradas.

No obstante, por ahora me permitiré desarrollar la primera faceta que, para mi gusto, es crucial a la hora de describir el quid de un abogado postulante. Sin más dilación, comencemos:

La primera característica de un auténtico abogado postulante es que su trabajo se mide en resultados, no en promesas. De ahí que muchos licenciados en Derecho, cuando se adentran en la práctica profesional, reculan al darse cuenta de la presión y luego buscan refugio en labores más seguras e imperceptibles como el servicio público, la academia o las notarías. Tanto más si el ejercicio lleva implícito cometer errores que, como narré en El litigio es la guerra, pueden decidir la suerte de un caso.

Resultados que por ningún motivo deben entenderse como darle al cliente lo que pida y a cualquier costo. Tal servicio sería de dioses o de hampones y el abogado postulante no debe rozar esos extremos, pues son irreales en parte y deleznables en otra. No obstante, lo que quiero destacar es que el trabajo del abogado postulante siempre será medible por el cliente porque llevar un asunto ante los tribunales, sí o sí, traerá un resultado. De ahí que sea temida la práctica profesional.

En este sentido, nuestra labor linda con la acción y, por ende, sus efectos se notan. Luego, más allá de las relaciones personales que llegues a tener con los clientes, donde habrá pláticas informales —como ocurre con frecuencia— en las que se hable sobre aficiones, familia, esposa, hijos, etcétera, y sientas que los une una ‘amistad’, llegará un punto en el que la conversación se torne hacia lo que realmente le importa al cliente: los resultados por los que te contrató.

Un resultado no es, como ya expuse, darle al cliente lo que crea que tiene derecho. A fin de cuentas, él no es experto en Derecho. Un resultado puede consistir en asesorarlo después de haberte planteado su caso, en darle a firmar esa demanda, apelación, amparo o cualquier escrito jurídico, en confeccionar un dictamen legal sobre un problema jurídico, en representarlo ante los tribunales en una audiencia oral y, desde luego, en ver la sentencia del caso. Pero, como podrás ver, el resultado es algo tangible, no promesas.

Es ahí cuando el licenciado en Derecho debe pasar del mundo del deber ser al de la acción. Donde muchos flaquean y ven que en la práctica profesional no todo es color de rosa ni bastan las promesas para satisfacer las necesidades de los clientes. Donde todos los saberes y experiencias adquiridos durante la carrera deben ser traducidos en el papel donde redactan sus escritos o en la voz con la que defienden al cliente en audiencia. Por este motivo, el solaz de aquellos cursos, diplomados y posgrados en litigación oral, argumentación jurídica, razonamiento probatorio, juicio de amparo, derecho constitucional y, en general, sobre cualquier materia de moda queda atrás cuando se tiene que ponerlos en la práctica ante un caso concreto. Cuando no basta decir que se sabe, sino cuando hay que demostrarlo en los hechos. En el papel. En la audiencia. Hasta en el porte.

Es en ese punto donde he visto a muchos licenciados en Derecho sucumbir. Sobre todo, a aquellos que me tocó formar como pasantes y asociados. Así, a la primera instrucción de resumir un expediente o sentencia; de redactar tal demanda, contrato, una apelación o amparo, el barniz y el romanticismo de la abogacía se desvanece. Es decir, a la hora de realizar la verdadera labor de un abogado postulante ya no todo es miel sobre hojuelas.

Y es que reunirse con clientes, ir a juzgados, checar expedientes, hablar con funcionarios y ‘placearse’ son actividades contingentes para el abogado postulante. Su verdadera labor, la cual muchos todavía no entienden —o cuando lo hacen la rehúyen—, es el estudio y preparación de un caso judicial. Actividades que son solitarias y monopólicamente intelectuales. Labores sin las cuales lo primero no podría llevarse a cabo.

Preparación que implica ordenar las confusas ideas del cliente. Escudriñar y extraer información que para él puede ser inocua. Leer y revisar documentos, expedientes enteros u otras pruebas con el afán de medir la magnitud del caso. Erigirse, como el más portentoso de los arquitectos, para diseñar mentalmente la estrategia para el caso, así como para prever los posibles reveses. Una vez hecho esto, entonces sí plasmar en papel lo importante o, peor aún, exponerlo oralmente de la manera más clara posible.

Labores que son fáciles de escribir y de leerse en diapositivas cuando se toman cursos, pero no de llevarlas a la práctica cuando ya tienes el caso en el despacho. Por eso, si fuera tan fácil la labor del abogado postulante, la mayoría de los licenciados en Derecho anhelarían serlo y no ser servidores públicos ni la academia, como suele ocurrir. Y es que es lógico. Ahí hay más confort y seguridad en el empleo. Sus tiempos, de alguna u otra manera, pueden extenderse y tolerarse. En la abogacía no. Los plazos son fatales.

Y es que las actividades intelectuales del abogado postulante están limitadas por los plazos judiciales. De ahí que esa profesión no esté hecha para los que pretendan vivir en la molicie. Tres días hábiles. Cinco. Seis. Nueve. O menos si tienes la mala suerte de que el cliente te contrate en el último día, será el tiempo que tendrás para presentar una apelación, amparo, contestar la demanda, ir a una audiencia oral, etcétera. Claro, con todo lo que implica detrás: leer el expediente, las pruebas o material proporcionado por el cliente, etcétera.

Ante este panorama tan demandante, el método para preparar a los pasantes y asociados es, para mí, el siguiente. Primero, dejo que se sientan extasiados con el romanticismo de la práctica. Que me acompañen a audiencias. Que vean cómo se redactan demandas, amparos, apelaciones, etcétera, y sientan que intervinieron en ellas al presentarlos en oficialía. Que suban cuantas fotos y publicaciones en redes sociales vanagloriándose de ser verdaderos abogados y disfruten las victorias. Sus victorias. A fin de cuentas, es una necesidad humana darse importancia.

No obstante, tras un tiempo sensato para ir puliendo sus conocimientos con consejos y trabajos menores, viene la hora de la acción. Les informo que si tengo tantos días para hacer una apelación, amparo o demanda, es el mismo número de días que ellos tendrán para presentarme su proyecto. Que yo haré el mío a la par, pues esa es mi responsabilidad, pero ellos harán el suyo para compararlos al final. Desde luego, no podrán ver mis avances y les tocará, con base en lo aprendido, presentar una obra propia. Para esto, desde luego, les doy copia de todos los documentos necesarios.

Entonces, al asumir la responsabilidad real del abogado postulante, es donde sé quién realmente sabe y tiene vocación. Quienes están dispuestos a pagar el precio y, desde luego, quienes simulan ser abogados hasta que les llegue un trabajo más cómodo (típico en exfuncionarios y políticos caídos en desgracia) en lugares como,ya expresé, notarías, el servicio público —incluyendo el jurisdiccional— o la academia, donde los salarios al menos son uniformes y se puede jugar con los tiempos.

A la hora de comparar proyectos o ver resultados, es cuando muchos me manifiestan lo tedioso y cansado que es trasladar al papel lo supuestamente aprendido. Es normal, les respondo. En México no estamos acostumbrados a poner en práctica la teoría, al menos en el Derecho. De ahí que erróneamente reza el dicho de que el Derecho se aprende sólo en los tribunales, cuando debería ser con un libro de teoría en una mano y en la otra un expediente judicial.

En resumidas cuentas, el verdadero trabajo del abogado postulante es el de resultados. No basta con decir —como muchos pseudoacadémicos— que tal o cual acto de autoridad viola derechos humanos —como si eso fuera la gran hazaña— sino que hay que sostener lo dicho con argumentos, ya sean mediante escritos u orales. Labores que, insisto, son monopólicamente intelectuales y tangibles, pues los clientes podrán medirlas por sus resultados.

Pero para que esas labores se lleven a cabo, hay que pasar horas sentado leyendo leyes, reglamentos, precedentes judiciales, documentos traídos por los clientes e, inclusive, escudriñando información importante del cliente. Separando el grano de la paja. Una vez hecho esto, hay que preparar el escrito que se va a presentar con sumo cuidado, o preparar la audiencia donde oralmente se expondrán los argumentos. ¿Estás dispuesto a pagar el precio? Entonces bienvenido a la abogacía.

Por Omar Gómez

Abogado postulante en materias fiscal y administrativa

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